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Entre publicidades, cortos y clases de IA, siempre busco un momento para lo que llamo “ejercicios creativos”. La idea es simple: ejercitar la creatividad como cualquier otro músculo que necesita cuidado y desarrollo, especialmente en mi profesión.
Cada ejercicio nace de una chispa: una imagen en la calle, una escena de una película, una canción o algo que diseño con IA. A partir de ahí genero imágenes y busco que cuenten una historia atractiva. Uso distintas herramientas de IA y termino el proceso en un programa de edición, donde todo finalmente cobra vida.
Hace unos meses, ElevenLabs —una de las herramientas que más uso para transformar textos en voces— lanzó una nueva función para crear música. La probé y compuse varios temas. Uno de ellos fue una pieza instrumental motivadora e inspiradora, acompañada por coros. Tras varias generaciones surgió una versión potente, de 45 segundos, que inmediatamente me hizo imaginar la historia de una guerrera vikinga enfrentando monstruos que querían aniquilar a su pueblo.
En las siguientes cinco horas me sumergí en la creación de imágenes, comenzando por el diseño de la heroína. Mi equipo de trabajo: ChatGPT Plus y MidJourney. Con el primero redacté prompts de distintas tomas que imaginaba, y con el segundo obtuve las imágenes. Produje unas 300: la guerrera luchando contra monstruos, escalando montañas, volando, celebrando con su pueblo, peleando en el mar, meditando. Luego seleccioné y reduje todo a 40 clips de 5 segundos.
Llegó el momento especial: editar con la música como base. Tenía apenas 45 segundos de pista y debía encajar los clips para que, juntos, contaran una historia atrapante. Trabajar con tantos fragmentos que no se conectan entre sí es lo más desafiante. ¿Cuál es el inicio? ¿Cómo se desarrolla? ¿Cuál es el desenlace? Y, sobre todo, ¿cómo sincronizar todo con la música para que la historia fluya?
La música fue mi GPS. La introducción, serena y calma, me sugirió el inicio: la guerrera preparándose mentalmente. Luego, el ritmo frenético marcó la batalla: enfrentar demonios, dejar todo en el campo o morir. Los últimos segundos inspiraron un cierre glorioso y sereno: misión cumplida, tribu defendida.
En ese momento, recordando que 24 horas antes no tenía idea de qué iba a crear, sentí una profunda emoción. La historia no solo funcionaba: era potente e inspiradora. La subí a YouTube, la compartí en redes y seguí con otros proyectos.
Hace unos días, mientras diseñaba mi campaña de publicidad para promocionar mis servicios de producción con IA, tomé una decisión osada: en lugar de explicar lo que hago, mostraría uno de mis trabajos como ejemplo, la lucha de la guerrera. Y funcionó.
La respuesta fue increíble. Mucha gente me escribió contando cuánto los había motivado la historia. Algunas querían ser protagonistas; otra persona, que atraviesa una grave enfermedad, me dijo que la guerrera la representaba luchando contra sus propios miedos.
Lo que comenzó como un simple ejercicio creativo terminó siendo un aprendizaje revelador: mostrar más lo que hago, para que las emociones surjan, nos conecten desde la empatía y nos den ganas de trabajar juntos.
“El despertar de Teyra”, el nombre con el que finalmente titulé el corto, resultó ser mucho más que un ejercicio creativo. Fue un catalizador de emociones ocultas que aparecen justo cuando más las necesitamos.