Argentina post pandemia. Crónicas del encierro.

Argentina post pandemia. Crónicas del encierro

Argentina post pandemia. Crónicas del encierro

(cuento breve de Cristián Parodi)

La soledad genera la insistente curiosidad de observar a los otros. Ver qué hacen, de qué conversan, me hace sentir acompañado. 

Durante la pandemia, encerrado en mi departamento, extrañé esa ficción. Las personas dejaron de estar en los lugares de siempre, y sus voces permanecieron apagadas por miedo al contagio. Así, un refugio que creía exclusivo se hizo popular. De repente todos estábamos solos. 

Sin poder ver ni oír, los recuerdos tomaron protagonismo. Me ayudaron a vivenciar las escenas cotidianas que el confinamiento tapó. Uno tras otro fueron surgiendo, los buenos pero también los que había decidido olvidar, como las circunstancias que me llevaron a conocer a una extraña mujer. 

La primera vez que la vi fue hace 20 años. Estaba con una persona en silla de ruedas intentando cruzar el puente que atraviesa las vías del ferrocarril del pueblo. Me pidió ayuda para subir su carga. Nunca había hecho algo parecido. Temí que esa persona se me cayera desde las alturas, o que los viejos escalones no resistieran el peso de los tres. Fueron cinco largos minutos de esfuerzo y preocupación. 

Arriba los dejé, y sin nada más que hacer retomé mi camino. 

Al día siguiente los encontré en el mismo lugar, a la misma hora. Esa vez traté de reconocer a la persona que ocupaba la silla. Mientras empujaba las ruedas por la escalera, pude ver a un muchacho joven. Me impresionó su parálisis, su silencio, su mirada hacia ninguna parte.

Si el primer encuentro me había parecido una extraña casualidad, el segundo significó algo distinto. ¿Me estaba enfrentando a una prueba del destino?. Mi crónica soledad, ¿podría estar a punto de cambiar?.

No puede evitar la ansiedad de verlos de nuevo. Me propuse entablar una conversación con la mujer. Quería saber quién era, quién era el joven de la silla y por qué lo llevaba por ese peligroso lugar cuando había otros caminos más sencillos para transitar. 

Sí, hubo un tercer encuentro pero no fue cómo me lo imaginé.

Aquel día, para mi sorpresa, ya estaban esperándome arriba del puente. Lo que vi me paralizó. La mujer estaba recostada en el piso llorando en silencio y la silla de ruedas apoyada sobre la baranda sin el joven que la ocupaba. 

Entendí rápidamente que algo trágico había pasado. Regresé sobre mis pasos descuidando torpemente el equilibrio que necesitaba para bajar velozmente los escalones. Pensándolo ahora, simplemente huí de la escena del crimen. 

Nunca más volví al puente, nunca más los vi.

La pandemia pasó, la nueva normalidad se convirtió en la normalidad de siempre. Todo volvió a su lugar, las personas volvieron a salir y sus voces comenzaron a escucharse. En cuanto a mí, las redes sociales se convirtieron en mi nuevo refugio. Ya no necesito presenciar las vivencias de los otros, simplemente los espío desde mi computadora.  

¿Sucederá lo mismo conmigo? ¿Alguien estará atento a las fábulas que publico en Facebook? 

Creo que sí. 

Hace una semana recibí un pedido de amistad, un acontecimiento único para las personas solitarias como yo. Claudia López, un nombre que no conocía, quería ser mi amiga. Me fijé en su perfil para saber quién era. No había publicaciones, ni recuerdos, ni fechas de cumpleaños. Solo una foto.

Un frío sudor comenzó a recorrer mis manos, se convirtió luego en un intenso calor irradiado desde mi cabeza. La sensación de ahogo, la tos que no salía, las náuseas que me hicieron temblar y levantarme apresurado de la silla. Estuve varios minutos tratando de recomponerme, apoyado sobre la mesada de la cocina, buscando desesperadamente que el aire volviera a entrar en mis pulmones.

Como pude recuperé mi poca normalidad. Logré sentarme y enfocar mi vista sobre la foto que me había trastornado.   

Era un retrato de la mujer del puente y del joven de la silla, ambos posando al pie de las escaleras que nos había reunido dos décadas atrás.

El pedido de amistad incluía un mensaje. La mujer quería verme en la estación Lisandro de la Torre el jueves 20 de diciembre de las 12 hs. Siete días faltaban para la fecha.  

Al acercase el plazo, los recuerdos de nuestro último encuentro se tornaron con mayor nitidez. Ahora la veo llorando desesperadamente sobre la silla de su acompañante, señalándome con sus manos lastimadas el alambrado que protegía el paso de los peatones por el viejo puente. Lo noto despegado de la baranda, dejando un peligroso agujero sobre su costado a través del cual se veían las vías del tren, diez metros más abajo.

Lo que pasó 20 años atrás, que ciertamente creí durante tanto tiempo, podría tener otra explicación. Decidí entonces aceptar su invitación, necesitaba saber cuál fue desenlace de la historia que me tuvo como coprotagonista, de enfrentar finalmente la prueba que el destino me preparó durante largos años.

Son las 11.50 del día del encuentro. Estoy en el último vagón del tren a Tigre acercándome a la estación Lisandro de la Torre, mi próxima parada. 

(continuará) 

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