La falta de talentos tiene su origen en la crisis de la escuela secundaria

Por Cristián Parodi

Tengo la oportunidad de participar en espacios de debate sobre temas que atañen a la educación con otros actores de la vida socio-productiva, en donde se plantean desafíos y problemas con el fin de buscar colaborativamente nuevas ideas para solucionarlos.

En uno de esos espacios participé conectando al mundo del trabajo con el de la formación universitaria, para promover el diálogo entre sectores que están muy relacionados pero no tan conectados a sus realidades. La idea entonces fue que las empresas contaran cómo son actualmente las búsquedas laborales que hacen y conocer sus necesidades al momento de incorporar colaboradores a sus equipos de trabajo. En ese diálogo participaron organizaciones que generan en forma directa e indirecta más de 20.000 puestos de trabajo; del otro, tres universidades.  Es decir,  muy buenos referentes para compartir experiencias y desafíos.

Los equipos de RRHH (Recursos Humanos) de las empresas fueron muy sinceros al darnos su diagnóstico: remarcaron la gran dificultad que representa para ellos encontrar personas formadas para los puestos laborales que necesitan cubrir, especialmente los relacionados con los de tecnología. Para esos puestos fueron dejando de lado condiciones previas que se requerían – título universitario primero y secundario después – dado que esos requisitos comenzaron a limitar el alcance de sus búsquedas laborales. Esa realidad los llevó a cambiar el perfil de los candidatos – como se los llama en RRHH – y empezaron a incorporar personas que pudieran acreditar experiencia en un determinado tema, que fueran autodidactas, con o sin título (universitario o secundario). Bastaba con que supieran del tema y demostraran la experiencia del hacer.

Del otro lado las universidades planteaban que sus carreras formativas tenían una duración promedio de tres años y que difícilmente sus graduados respondieran a ese tipo de convocatorias de trabajo. Que entendían que el mercado laboral necesitaba formaciones más breves, adecuadas a los cambios tecnológicos que se viven con intensidad, pero que eso significaba llevar adelante un largo proceso para introducir modificaciones en sus programas de estudios, sujetos a regulaciones académicas que demorarían no menos de tres años. Le agrego: en tres años el plan de estudios necesitará ser modificado nuevamente con lo cual el ciclo se repetirá. Mientras tanto el mundo del trabajo seguirá ajustando sus estrategias para satisfacer a tiempo las necesidades de recursos que sus organizaciones requieren.

Hay varias conclusiones para compartir.

En principio pareciera un problema irresoluble por la propia dinámica de los actores, que van a velocidades muy distintas y cuentan con más o menos posibilidades de adaptación al contexto con el que tienen que convivir.  Las organizaciones adaptan sus estrategias rápidamente mientras las universidades se encuentran atadas a planes de estudio que no les resulta fácil modificar por lo que se comentó anteriormente.

Desde la lectura entre líneas de la situación que plantean las empresas, en mi opinión  tenemos que resaltar el dato más relevante – y preocupante – que aún no se lo reconoce en su totalidad: la escasez de personas formadas para incorporarse al mundo del trabajo – en este caso en tecnología – se conecta con la escuela secundaria, o mejor dicho la crisis de la enseñanza media. Si partimos de los datos que sólo 5 de cada 10 adolescentes logran finalizar sus estudios con título podemos entender cuál es el origen de la falta de recursos formados, ya sea para el mundo del trabajo o para las universidades. Para completar la foto, la realidad que golpea: casi el 59% de los chicos de hasta 17 años es pobre 

La escuela secundaria es el eslabón más importante en la construcción del capital intelectual de un país, capital entendido como las habilidades, conocimientos e impulso creador que una sociedad necesita para desarrollar su futuro. El sistema educativo también tiene una enorme dificultad en adecuar sus planes de estudios y continúa repitiendo año tras año una metodología que no funciona y que deja a miles de adolescentes fuera del sistema, fuera de toda concreción de futuro social, individual y colectivo.

¿Qué hacer? En mi opinión el mundo del trabajo y las universidad deberían involucrarse con mayor intensidad en contribuir a complementar los esfuerzos que se hacen por la formación de los adolescentes, que sea además una nueva fuente de motivación para revitalizar a un sistema que ha quedado offline. La colaboración y la inteligencia colectiva de una comunidad constituyen el ADN de la sociedad del conocimiento – donde nos toca vivir y desarrollarnos.

¿Por qué no llevar ese esquema de cooperación a la escuela secundaria?

 

 

Foto: Cristián Parodi

 

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