La Cooperadora: Trabajando colaborativamente en la escuela

Por Cristián Parodi*

La cooperadora escolar está formada por grupos de padres que donan su tiempo y dinero para complementar los esfuerzos que la escuela necesita para poder funcionar. Se nutre de los aportes voluntarios que hacen las familias, que se destinan a cubrir las necesidades de insumos básicos (artículos de limpieza, útiles escolares, etc.) y que no son provistos por los ministerios de educación. Hay escuelas que no podrían abrir sus puertas sin esos aportes. Es justo aclarar que no se trata de un tema nuevo: esta dinámica cooperativista se viene empleando desde hace más de 50 años.

Las familias con sus aportes reemplazan, sin quererlo ni buscarlo, el rol del Estado. Diría que esencialmente sustituyen la mala gestión de la burocracia de los ministerios al poder entregar  a tiempo los fondos que las escuelas necesitan para contar con esos insumos básicos, o llevar a cabo mantenimientos edilicios. Es justo decir que en muchas escuelas esas contribuciones voluntarias también son hechas por sus directivos y docentes.

En mi experiencia interactuando con cooperadoras de escuelas de la Ciudad de Buenos Aires éstos son los temas que siempre se analizan. No hay otros. Quiero decir, se trabaja sobre la emergencia y no sobre propuestas educativas que puedan ayudar a la escuela a cumplir con su misión. Por ejemplo, que los fondos se utilicen también para dar clases de apoyo a los estudiantes que más lo necesitan, máxime en la escuela secundaria en donde la cantidad de adolescentes que abandonan o repiten es alarmante. De nuevo, trabajamos únicamente en la emergencia del día a día.

¿Es éste el único aporte que las familias pueden hacer por la educación de sus hijos? Creo que tenemos que poder impulsar ese trabajo colectivo a una siguiente etapa. Tomemos el caso de la escuela secundaria. En mi opinión su objetivo principal debería ser que haya más estudiantes que aprendan y aprueben las materias, consecuencia que les dará la oportunidad de egresar con título en tiempo y forma, requisito indispensable para que puedan continuar con su vida post-secundaria como acceder a un trabajo de calidad (blanco, registrado, de proyección, de futuro de vida), y/o continuar con sus estudios universitarios. ¿Podríamos tomar esa meta para construirla colaborativamente en cada escuela?

Creo que sí. El primer paso consistirá en hacerla visible como objetivo colectivo, sabiendo además que en las familias podremos contar con otros apoyos que van más allá de los aportes de fondos.  Dentro de la comunidad de padres encontraremos contadores, docentes, ingenieros, emprendedores, artistas, empleados, comerciantes, médicos, amas de casa, electricistas, empresarios, jubilados, encargados de edificio, abogados, programadores, deportistas, diseñadores, músicos, plomeros, economistas, psicólogos, periodistas, escritores, taxistas, mecánicos, etc, etc, etc. ¿Por qué no aprovechar esa multiplicidad de saberes y experiencias para complementar los esfuerzos que se hacen en la escuela?. De paso, ¿por qué no sumamos esas inteligencias para revitalizar la enseñanza en el aula?

Esa complementación escuela-familias podría tomar forma a través de, por ejemplo, la organización de clases de apoyo para que los padres ayuden, acompañen y guíen a los estudiantes que necesiten levantar sus notas. Un trabajo de complementación, coordinado con la dirección y los docentes, colaborando entre adultos para que le vaya bien a los adolescentes.

Empatía, interés, cercanía e intención concreta de ayudar para que a todos les vaya bien en la escuela. Depende de nosotros ponerlo en marcha.

 

*Impulsor de “Hagamos algo por la Educación”

"Hagamos algo por la Educación"

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