¿Importa la educación?

Por Cristián Parodi*

En diciembre del año pasado puse en marcha un proyecto educativo que surgió a partir de conocer que la tasa de egresados de las escuelas secundarias en un barrio de Capital Federal rondaba el 20%. Dicho de otra forma, de cada 100 adolescentes que ingresan a primer año sólo 20 terminan el secundario con título. Más llamativo fue encontrarme con que los que lograban llegar al último año – ese pequeño grupo de sobrevivientes que consiguió con mucho esfuerzo empezar su último año de secundario – sólo el 50% egresaba con título. ¿Por qué un grupo de adolescentes que logró atravesar el tsunami educativo del secundario, al final de la película, cuando parecía que todos se habían salvado, no lo consiguió?. Exactamente no lo consiguió la mitad.

¿Será un problema exclusivamente de las escuelas de ese barrio?. Consultando las estadísticas oficiales del Gobierno de la Ciudad me encontré con que efectivamente va sucediendo una baja de la matrícula desde los primeros años hasta los últimos, tanto en la escuela pública como privada. También me encontré con una sorpresa: por cómo están presentadas esas estadísticas resulta difícil determinar o conocer la tasa de egresados efectiva de las escuelas secundarias; sólo se informa la cantidad de alumnos. Otro dato llamativo es que la información está actualizada al 2013.

¿Será sólo un problema de la Ciudad?. Surgió entonces crear “Hagamos algo por la educación”, una página en Facebook, con la idea de generar un espacio abierto de debate y consulta sobre educación. En poco tiempo más de 70.000 personas se sumaron a participar del proyecto y a compartir sus puntos de vista, experiencias y opiniones sobre el tema. Pude notar que el problema de la baja tasa de egresados del secundario se repetía en otros lados con bastante frecuencia. Tuve la oportunidad de hablar, dialogar, chatear con más de 20 docentes de distintas partes del país quienes me confirmaban que eran pocos los que egresaban de sus escuelas y, llamativamente, se volvía a ver el problema de los que “logran llegar pero no egresar”. Otra ves surgió la pregunta inevitable: ¿por qué se da este fenómeno?.

¿Qué investigaciones académicas o de centros de formación docente podrían ayudar a entender estas problemáticas?. Azarosamente Facebook me notificó que el evento “30 años de investigación educativa en Argentina” se iba a llevar a cabo el 27, 28 y 29 de abril. Allí fui.

En un ambiente muy académico se recordaron y se remarcaron los logros y esfuerzos conseguidos por la comunidad investigadora en educación en los últimos 30 años. Hubo además un espacio para la autocrítica: “debemos mejorar la difusión de nuestras investigaciones”, señaló tibiamente una destacada panelista. Otra dijo al pasar “tenemos que ver cómo trabajar la deserción que se da en los Institutos de Formación Docentes”. Sí, los que estudian para ser docentes tampoco terminan sus estudios. Así entonces mientras las autocríticas iban en aumento, las opiniones pasaron de tibias a calientes. Al cierre se escuchó “si los médicos hicieran como nosotras de no difundir ni dar a conocer el resultado de sus investigaciones a sus colegas, la medicina nunca hubiese avanzado”. Al día siguiente, en otro foro del evento, volví a escuchar conclusiones similares.

¿Podrá el sistema educativo transformar al sistema educativo?, pensaba de regreso a mi casa recordando la comparación entre médicos e investigadores en educación que tan generosamente recibí como aporte para el proyecto.

La velocidad de los problemas y la crisis que atraviesa la escuela media – foco de mi trabajo y de mi interés personal – es enormemente superior a la capacidad del sistema educativo en ofrecer alternativas. Empecemos que de todas las múltiples y variadas investigaciones que se hacen sobre el tema, sus resultados no se difunden ni se dan a conocer en la comunidad educativa. ¿Cómo es posible generar cambios si la producción de conocimientos que se hace sobre educación queda encapsulado sólo en el investigador? Sigamos por el problema en la formación docente, que no sólo tiene que ver con deserción sino con un abismo que separa la teoría de la práctica. Es decir, la distancia entre lo que se estudia allí y lo que finalmente los profesores tienen que hacer frente a sus alumnos. Claramente la situación “de los que logran llegar pero no egresar” está muy lejos de ser resuelto por este sistema.

En mi opinión la escuela necesita más de un “docente emprendedor” que de un respetuoso seguidor de las prácticas pedagógicas del pasado, que tenga una intervención atenta en el aula, probando nuevas estrategias y dejando atrás viejos paradigmas. Necesitamos de un docente que se anime a “innovar” como consecuencia de su observación de la acción de enseñar a una audiencia – sus alumnos – que tienen el dial puesto en otra sintonía.

La ausencia masiva de estas prácticas, la inercia del “no cambio”, nos lleva a hacernos una pregunta que puede sonar inquietante: ¿hay interés en replantear estrategias de enseñanza que no funcionan?.

La educación sí importa y depende de nosotros – no sólo del sistema – ofrecer y poner en marcha nuevas formas de aprender y enseñar en la escuela secundaria, muy especialmente para que los que logran llegar a los últimos años egresen, todos, con título.

Es ahora, es urgente. Es hacer algo por la educación.

*Impulsor del proyecto “Hagamos algo por la educación

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